Supongo que el ejercicio de la crítica es natural en el
hombre, sin embargo, cuando es despiadada y sin más sustento que destruir algo,
no reviste mayor mérito.
Los críticos, no solo literarios, sino de la cultura en
general, tienen una tendencia a destruir lo que en la academia y las enseñanzas
Universitarias no cuajan. Un texto, una escultura, alguna pintura; murales de
graffiteros, entre tantas formas de expresión (porque el arte es expresión lisa
y llana) ¿Quién puede arrogarse la facultad de catalogar algo de malo o bueno?
En todo caso, hablemos descarnadamente de textos que venden y textos que no
comprarían ni a los parientes del escritor, lo mismo que las pinturas, las
esculturas y otras facetas del arte.
Los críticos son gente que se especializa en la rama
donde algunos osan trepar y muy pocos tienen el pase libre; es cierto que leen
muchísimo, tanto que a mí me genera dolor de cabeza; leer a ciertos autores es
imposible, pero es parte de la tarea. Direccionar al futuro lector con un
barniz de opinión calificada, condiciona la lectura, por eso soy cultor de la
forma más rudimentaria de lectura: Leer como un desaforado, cada instante
libre, cada pausa del trabajo, y mientras me mantenga despierto estoy con un
libro. Después hago mi propia crítica, algunos son muy buenos, otros son
realmente malos, pero con buena prensa.
Yo transité los pasillos de la universidad, no de letras,
la del derecho y obtuve mi título de abogado, conozco las discusiones y
sobretodo el desprecio por lo que está afuera, los que ignoran la técnica.
Pareciera que el arte, en lugar de ser cada día más abierto y omnicomprensivo,
es más cerrado, encasillado y envuelto en su propio espiral de las “técnicas”.
Ese reducto de especialistas en materias de estudio, es un lugar para aprender,
no para convertirse en un ser que sobrevuela al resto de los mortales.
Imagino a varios académicos sentados tomando whisky y
devorando sándwiches, con un elevado promedio de edad (que no siempre garantiza
sensatez), criticando obras y re-interpretando donde ya no entra una versión
posible dentro de las que los manuales indican.
No estoy inaugurando un estilo, tampoco una forma, otros
ya lo han hecho, por ello no soy innovador en plasmar estas letras, que como
siempre, van navegando sueltas por el mundo de la inmaterialidad de la red, y a
algunos les parecerá interesantes, a otros perogrulladas de un novato, que le
hacen falta unos seis años en la facultad de letras.
Abrir la crítica, dejar los dogmas en la puerta de
ingreso y apoltronarse en un buen sillón; o en la parada de colectivos con la
música en los oídos; o en el jardín silencioso, entre los aromas a libertad; o
en la playa y en todos los lugares posibles donde estemos, intentemos ser
críticos sin dejarse condicionar por lo que dicen “los que saben del asunto”.
Seguramente las formas más rudimentarias de arte son las que nos interpelan y
nos dicen: dolor, amor, alegría, pérdida, excelencia, muerte y simpleza.
El crítico como el escritor, que se luce con formas
extremadamente complejas de comunicación (no creo que sean inocentes y ajenos)
hacen sentir al lector que esta fuera de ese círculo de privilegiados que
pueden entenderlo. Alejar a las personas es una estrategia –supongo- para que todo parezca más interesante de lo
que efectivamente es. Marear al lector dentro de un lavarropas y soltarlo, como
los juegos del parque de diversiones. Nunca me gustaron los parques de
diversiones, de niño los encontré aburridos, con sobreabundancia de peligros y
una dudosa diversión.
J.I