Treinta y cinco grados de calor,
el alcohol que hizo su trabajo y
conversaciones tan triviales
que ya ni las recuerdo.
La música de fondo, y
las voces de los asistentes
sonaban como una tortura
mecanizada.
La luz del foco que colgaba del
techo formaba una figura espectral,
y un tipo interrumpió mis pensamientos
pidiéndome que le pase la sal.
Una mujer contaba sus proezas
en el caribe, otra hablaba del
éxito de su marido y un niño
me miraba fijamente,
entendiendo toda esta locura.
Ambos sabíamos que todo ello
era un farsa de disimulos,
miserias ocultas detrás de billetes,
frustraciones tapadas por viajes
y perfumes de aeropuertos.
Algunos tocaron el tema libros
y dijeron saber en demasía,
cuanta mentira e hipocresía.
Seguí pensando en el niño,
en la escuela, los juegos y
las obligaciones.
En ese rostro que todo lo entendía
bien sabía, que todo ello no era
más que una burda mentira.

