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Soy Jesús Ibarren. Lector empedernido que no pertenece a la academia. Amante del arte en todas sus formas. Hipercrítico de la concepción burguesa y aristocrática de las artes.

martes, 29 de diciembre de 2015

Todo lo entendía.

Esa cena fue de las peores.

Treinta y cinco grados de calor,
el alcohol que hizo su trabajo y
conversaciones tan triviales
que ya ni las recuerdo.

La música de fondo, y
las voces  de los asistentes
sonaban como una tortura
mecanizada.

La luz del foco que colgaba del
techo formaba una figura espectral,
y un tipo interrumpió mis pensamientos
pidiéndome que le pase la sal.

Una mujer contaba sus proezas
en el caribe, otra hablaba del
éxito de su marido y un niño
me miraba fijamente,

entendiendo toda esta locura.
Ambos sabíamos que todo ello
era un farsa de disimulos,
miserias ocultas detrás de billetes,

frustraciones tapadas por viajes
y perfumes de aeropuertos.
Algunos tocaron el tema libros
y dijeron saber en demasía,

cuanta mentira e hipocresía.
Seguí pensando en el niño,
en la escuela, los juegos y
las obligaciones.

En ese rostro que todo lo entendía
bien sabía, que todo ello no era
más que una burda mentira.








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