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Soy Jesús Ibarren. Lector empedernido que no pertenece a la academia. Amante del arte en todas sus formas. Hipercrítico de la concepción burguesa y aristocrática de las artes.

jueves, 14 de enero de 2016

La crítica


Supongo que el ejercicio de la crítica es natural en el hombre, sin embargo, cuando es despiadada y sin más sustento que destruir algo, no reviste mayor mérito.
Los críticos, no solo literarios, sino de la cultura en general, tienen una tendencia a destruir lo que en la academia y las enseñanzas Universitarias no cuajan. Un texto, una escultura, alguna pintura; murales de graffiteros, entre tantas formas de expresión (porque el arte es expresión lisa y llana) ¿Quién puede arrogarse la facultad de catalogar algo de malo o bueno? En todo caso, hablemos descarnadamente de textos que venden y textos que no comprarían ni a los parientes del escritor, lo mismo que las pinturas, las esculturas y otras facetas del arte.
Los críticos son gente que se especializa en la rama donde algunos osan trepar y muy pocos tienen el pase libre; es cierto que leen muchísimo, tanto que a mí me genera dolor de cabeza; leer a ciertos autores es imposible, pero es parte de la tarea. Direccionar al futuro lector con un barniz de opinión calificada, condiciona la lectura, por eso soy cultor de la forma más rudimentaria de lectura: Leer como un desaforado, cada instante libre, cada pausa del trabajo, y mientras me mantenga despierto estoy con un libro. Después hago mi propia crítica, algunos son muy buenos, otros son realmente malos, pero con buena prensa.
Yo transité los pasillos de la universidad, no de letras, la del derecho y obtuve mi título de abogado, conozco las discusiones y sobretodo el desprecio por lo que está afuera, los que ignoran la técnica. Pareciera que el arte, en lugar de ser cada día más abierto y omnicomprensivo, es más cerrado, encasillado y envuelto en su propio espiral de las “técnicas”. Ese reducto de especialistas en materias de estudio, es un lugar para aprender, no para convertirse en un ser que sobrevuela al resto de los mortales.
Imagino a varios académicos sentados tomando whisky y devorando sándwiches, con un elevado promedio de edad (que no siempre garantiza sensatez), criticando obras y re-interpretando donde ya no entra una versión posible dentro de las que los manuales indican.
No estoy inaugurando un estilo, tampoco una forma, otros ya lo han hecho, por ello no soy innovador en plasmar estas letras, que como siempre, van navegando sueltas por el mundo de la inmaterialidad de la red, y a algunos les parecerá interesantes, a otros perogrulladas de un novato, que le hacen falta unos seis años en la facultad de letras.
Abrir la crítica, dejar los dogmas en la puerta de ingreso y apoltronarse en un buen sillón; o en la parada de colectivos con la música en los oídos; o en el jardín silencioso, entre los aromas a libertad; o en la playa y en todos los lugares posibles donde estemos, intentemos ser críticos sin dejarse condicionar por lo que dicen “los que saben del asunto”. Seguramente las formas más rudimentarias de arte son las que nos interpelan y nos dicen: dolor, amor, alegría, pérdida, excelencia, muerte y simpleza.
El crítico como el escritor, que se luce con formas extremadamente complejas de comunicación (no creo que sean inocentes y ajenos) hacen sentir al lector que esta fuera de ese círculo de privilegiados que pueden entenderlo. Alejar a las personas es una estrategia –supongo-  para que todo parezca más interesante de lo que efectivamente es. Marear al lector dentro de un lavarropas y soltarlo, como los juegos del parque de diversiones. Nunca me gustaron los parques de diversiones, de niño los encontré aburridos, con sobreabundancia de peligros y una dudosa diversión.
J.I




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