Hoy lo he decidido:
me mudo de este departamento
a una casa con más espacio
para que el sol entre por
las ventanas,
el aire recorra cada uno
de los rincones y
cuando llegue de mi
trabajo, después de una larga madrugada
pueda sentarme en el
sillón a contemplar el parque:
que la luz oblicua caiga
sobre el pasto e inunde
mi pecho de calor,
y el aroma profundo del café en el fuego me
deleite.
Ya no tendré que odiar a
esos vecinos ruidosos y
su música a todo volumen;
o las peleas a puñetazos de los locos del
fondo.
Ya no sentiré el olor
nauseabundo de los pasillos y
las escaleras.
(Ninguno entendió el valor
de estar solo con uno mismo,
pensarse en su existencia
día a día y odiar la miserable
injusticia del mundo).
Algunos de ellos viven
allí por necesidad:
como esa mujer soltera con
sus dos hijos pequeños que limpia
la casa de un ingrato
jefe, o la mujer morocha, que siempre
me resultó demasiado bella
para este lugar,
como un Nenúfar en el
Nilo;
la vieja religiosa y sus
visitas, o
la puta de abajo con sus gemidos de madrugada,
solo acallados
por mis discos de rock.
Todo fue parte de mis años
entre extraños que apenas
saludaba. Ahora navegaré
un nuevo rio, esta vez solo
espero no sea tan
turbulento.
Solo se van mis libros, los
muebles y este poema,
el resto de mis recuerdos
aquí se quedan.

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