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Soy Jesús Ibarren. Lector empedernido que no pertenece a la academia. Amante del arte en todas sus formas. Hipercrítico de la concepción burguesa y aristocrática de las artes.

viernes, 13 de enero de 2017

Saer, el poeta.

Intentar abordar a un escritor como Juan José Saer es una empresa que, en mi caso estaría vedada. Solo aquellos catedráticos y ensayistas estudiosos, con precisión de neurocirujano, y conocimientos inacabables en materia de literatura, podrían escribir algo que realmente valga la pena, y haga honor a la memoria de semejante escritor.
Este escrito, no pretende ser un meticuloso trabajo pseudocientífico,  o una tesitura sobre la poesía del escritor de Serodino, que luego emigró a Francia. Digamos que es una especie de opinión lectora de alguien que, con admiración profunda intenta decir –escribir- algo sobre un poeta, que también fue novelista y ensayista.
El poema que le da título al volumen de poesía El arte de narrar, resume prácticamente todo Saer, no solo como poeta, sino como ensayista y novelista.
Por escrito (1960-1972)
El arte de narrar.
Cada uno crea
       de las astillas que recibe
          la lengua a su manera
con las reglas de su pasión
-y, de eso, ni Emanuel Kant estaba exento.
En cinco versos nos describe –al igual que en sus ensayos del concepto de ficción-  su forma y método de creación. Es decir, para él solo era posible escribir atravesando los límites de lo convencional, crear un lenguaje propio, que vaya si no lo creó. Todos sabemos que con solo leer algunos párrafos de cualquier texto podemos identificar la pluma del escritor santafesino. La experimentación poética va desde poemas cortos como el citado más arriba, que más que un poema es una declaración de principios en versos, o como El siglo de oro, o A los pecados capitales, hasta largos poemas narrativos como Dialogo bajo de un carro o El alumno de Crates; luego en su sed experimental narra el horror de un violador en Miseria y consuelo del violador, donde describe al criminal fumando sentado en el camastro de su celda, acosándolo sin parar los recuerdos del ultraje de aquella vez. En alguna ocasión, escuché en una entrevista a Martín Kohan decir que el escribía sobre temas donde existiese la posibilidad de narrar, es decir, no hay temas que no puedan utilizarse como materia prima, el barro del artesano para moldear sus cacharros, y esta afirmación es un buen saco para Saer.
Consideremos que el arte es una expresión que proviene de los fondos –esos patios oscuros, medios húmedos y herrumbrosos-  de los creadores. Los analistas del todo dirían que esta afirmación carece de sustento científico, pero que otra cosa es un poema sino una síntesis bella de lo que el mundo y los interiores ofrece; reducir a versos pensados, estudiados meticulosamente, con sentido estético, una revelación artística, como una pintura o una escultura aparece la poesía, irrumpe con furia, sin pedir permiso y se revela a los pocos lectores que aprecian el arte más bello de la lengua. La idea de Saer, supongo como lector, y por lo que él mismo dejó escrito era crear su propio lenguaje, uno lento, cansino, como la tarde en la caminata de los personajes de su novela Glosa; la descripción al máximo de todo el ambiente, desde los trazos proyectados de una sombra sobre la vereda hasta una pelota de plástico olvidada por algún chico en un lago; en sus poemas hay parte ese procedimiento, y también el brillo de la erudición, paseándose por la historia antigua hasta llegar a los paisajes que caminaba fumando.
¿Será la poca difusión de la poesía? O será que solo se reduce a un núcleo lector y especializado, que no ha logrado trascender como poeta. La respiración que recorre cada poema es como si fuese una conversación telefónica  a Francia –su último destino-, donde nos cuenta su visión artística del mundo y la historia.
Por último, me gustaría creer que los lectores se van a multiplicar con el correr del tiempo, necesito aferrarme a esa ilusión, como lo hacen los enfermos en sus últimas y agitadas respiraciones que anteceden al desenlace fatal; esa fe del creyente que se arrodilla ante una efigie de yeso y le ruega por sus desdichas que, en mi caso, son los cada vez menos lectores de poesía saeriana y poesía en general. No soy crítico literario ni pretendo serlo, pero siempre es más bello para el alma leer un verso dedicado a Quevedo que un mal poeta que le escribe a un pan duro. La vanguardia ha hecho que tiremos por la ventana a los que pulen cada palabra antes de estamparla en un verso, a esos que antes de escribir un poema han leído toneladas de poesía, y hoy los conceptualista ponen alguna frase suelta con una imagen rara para llamarlo poesía. Perdón, pero la poesía duele, se sufre escribiéndola y leyéndola, se goza por su estética, y se practica un onanismo intelectual cuando logramos ver que se está cerca de la perfección y eso, al menos quien suscribe lo ve en la poesía de Saer.
Perdón por el atrevimiento, maestro.



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