Intentar
abordar a un escritor como Juan José Saer es una empresa que, en mi caso estaría
vedada. Solo aquellos catedráticos y ensayistas estudiosos, con precisión de
neurocirujano, y conocimientos inacabables en materia de literatura, podrían escribir
algo que realmente valga la pena, y haga honor a la memoria de semejante
escritor.
Este
escrito, no pretende ser un meticuloso trabajo pseudocientífico, o una tesitura sobre la poesía del escritor
de Serodino, que luego emigró a Francia. Digamos que es una especie de opinión lectora
de alguien que, con admiración profunda intenta decir –escribir- algo sobre un
poeta, que también fue novelista y ensayista.
El
poema que le da título al volumen de poesía El
arte de narrar, resume prácticamente todo Saer, no solo como poeta, sino
como ensayista y novelista.
Por escrito (1960-1972)
El
arte de narrar.
Cada uno crea
de las
astillas que recibe
la lengua
a su manera
con las reglas de su pasión
-y, de eso, ni Emanuel Kant estaba exento.
En
cinco versos nos describe –al igual que en sus ensayos del concepto de ficción- su forma y método de creación. Es decir, para
él solo era posible escribir atravesando los límites de lo convencional, crear
un lenguaje propio, que vaya si no lo creó. Todos sabemos que con solo leer
algunos párrafos de cualquier texto podemos identificar la pluma del escritor
santafesino. La experimentación poética va desde poemas cortos como el citado más
arriba, que más que un poema es una declaración de principios en versos, o como
El siglo de oro, o A los pecados capitales, hasta largos
poemas narrativos como Dialogo bajo de un
carro o El alumno de Crates; luego
en su sed experimental narra el horror de un violador en Miseria y consuelo del violador, donde describe al criminal fumando
sentado en el camastro de su celda, acosándolo sin parar los recuerdos del
ultraje de aquella vez. En alguna ocasión, escuché en una entrevista a Martín
Kohan decir que el escribía sobre temas donde existiese la posibilidad de
narrar, es decir, no hay temas que no puedan utilizarse como materia prima, el
barro del artesano para moldear sus cacharros, y esta afirmación es un buen
saco para Saer.
Consideremos
que el arte es una expresión que proviene de los fondos –esos patios oscuros,
medios húmedos y herrumbrosos- de los
creadores. Los analistas del todo dirían que esta afirmación carece de sustento
científico, pero que otra cosa es un poema sino una síntesis bella de lo que el
mundo y los interiores ofrece; reducir a versos pensados, estudiados
meticulosamente, con sentido estético, una revelación artística, como una
pintura o una escultura aparece la poesía, irrumpe con furia, sin pedir permiso
y se revela a los pocos lectores que aprecian el arte más bello de la lengua.
La idea de Saer, supongo como lector, y por lo que él mismo dejó escrito era
crear su propio lenguaje, uno lento, cansino, como la tarde en la caminata de
los personajes de su novela Glosa; la descripción al máximo de todo el
ambiente, desde los trazos proyectados de una sombra sobre la vereda hasta una
pelota de plástico olvidada por algún chico en un lago; en sus poemas hay parte
ese procedimiento, y también el brillo de la erudición, paseándose por la historia
antigua hasta llegar a los paisajes que caminaba fumando.
¿Será
la poca difusión de la poesía? O será que solo se reduce a un núcleo lector y
especializado, que no ha logrado trascender como poeta. La respiración que
recorre cada poema es como si fuese una conversación telefónica a Francia –su último destino-, donde nos
cuenta su visión artística del mundo y la historia.
Por
último, me gustaría creer que los lectores se van a multiplicar con el correr
del tiempo, necesito aferrarme a esa ilusión, como lo hacen los enfermos en sus
últimas y agitadas respiraciones que anteceden al desenlace fatal; esa fe del
creyente que se arrodilla ante una efigie de yeso y le ruega por sus desdichas
que, en mi caso, son los cada vez menos lectores de poesía saeriana y poesía en
general. No soy crítico literario ni pretendo serlo, pero siempre es más bello
para el alma leer un verso dedicado a Quevedo que un mal poeta que le escribe a
un pan duro. La vanguardia ha hecho que tiremos por la ventana a los que pulen
cada palabra antes de estamparla en un verso, a esos que antes de escribir un
poema han leído toneladas de poesía, y hoy los conceptualista ponen alguna
frase suelta con una imagen rara para llamarlo poesía. Perdón, pero la poesía duele,
se sufre escribiéndola y leyéndola, se goza por su estética, y se practica un
onanismo intelectual cuando logramos ver que se está cerca de la perfección y
eso, al menos quien suscribe lo ve en la poesía de Saer.
Perdón
por el atrevimiento, maestro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario